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La igualdad teórica
Adelaida de la Calle Martín
Rectora de la Universidad de Málaga
Hace más de ciento cincuenta años que la iniciadora del feminismo en España, Concepción Arenal, rompiendo con la tradicional marginación de la mujer, irrumpía por primera vez en las aulas de la universidad española, ataviada con indumentaria masculina, fórmula que reproducía para asistir a las tertulias políticas y literarias, buscando un lugar de privilegio en la sociedad de su época.
El deseado privilegio ansiaba una igualdad real entre hombres y mujeres que acabara con la concepción secular del papel de la mujer, relegada al desempeño de las tareas domésticas y el cuidado de los hijos, negándole el acceso a la cultura y el conocimiento, símbolos incontrovertibles del poder del varón.
A partir de entonces, muchas otras mujeres han luchado por una frágil igualdad de género, no sin manifiestos sacrificios y enormes sufrimientos. La malagueña Victoria Kent, primera mujer abogada de profesión, Ángeles Galindo Carrillo, primera mujer que accedió a una cátedra en la Universidad española, la de Historia de la Pedagogía e Historia de las Instituciones Pedagógicas de la Universidad de Madrid. Y muchas otras mujeres anónimas que con su esfuerzo, han iniciado un camino sin retorno, que irremisiblemente nos conducirá a un mundo de iguales, en el que la educación es el medio principal para alcanzar la equidad.
La Universidad fue para estas destacadas mujeres, paladines de la liberación de la mujer, forjadoras del pensamiento feminista, el escenario donde se representó el primer acto de una obra inacabada, la igualdad real entre hombres y mujeres.
Pasado el tiempo, la Universidad sigue siendo hoy el escenario en el que se representa un nuevo acto, el de la igualdad teórica, aquella que proclaman las leyes, ésa que deben garantizar los poderes públicos, ésta que sufren las mujeres del siglo XXI, enfrentadas a un sistema que tal vez garantiza, formalmente, la igualdad de oportunidades, pero en ningún caso la igualdad de responsabilidades, ni en la actividad profesional ni en el entorno familiar.
Hoy las aulas de las universidades españolas reciben a miles de mujeres, que superan en número a los varones y alcanzan mejores resultados, con expedientes académicos más brillantes.
Los datos de acceso y egreso de estudiantes muestran a todas luces lo paradigmático del escenario de esa igualdad teórica. En 2004 un cincuenta y cuatro por ciento de los alumnos de la Universidad de Málaga eran mujeres, un cuarenta y seis, hombres. De los alumnos que han finalizado sus estudios este mismo año, un sesenta y tres por ciento son mujeres y un treinta y siete, hombres.
Sin embargo, si analizamos los datos relativos al profesorado universitario, poco más del cuarenta por ciento son mujeres y esta proporción desciende al veintisiete por ciento si tomamos como referencia el número de doctores.
Se puede constatar, por ende, que la equidad teórica, aquella que forma parte de la declaración de principios, se ha instalado en la sociedad española. No en vano se proclama en las leyes, se ensalza en los discursos políticos y se percibe en los hábitos sociales. Coincido plenamente con María Teresa Vera Balanza cuando señala que histórica y sociológicamente, las mujeres constituyen el grupo social en más intensa transformación de las últimas décadas, crecimiento de mano de obra femenina, feminización del sector terciario, una participación combativa en el movimiento sindical, una acción decisiva en los movimientos ecologistas y por la paz. Con el protagonismo de la vida cultural y política, transversal en todo este proceso, el feminismo es considerado por muchos teóricos como el movimiento social más significativo del siglo XX.
Hasta ahora el discurso social que habla de la mujer es una construcción cultural del hombre y por tanto no ha sido imparcial. A partir de ahora, la elaboración de ese discurso corresponde a la propia mujer.
A la Universidad le corresponde promover la igualdad real, educar para la equidad, enseñar a defenderla como un derecho y a garantizarla como un deber, instruir a sus alumnos en el aprendizaje y el ejercicio de la igualdad responsable.
A la sociedad le compete comprometerse con la igualdad de oportunidades, crear hábitos no discriminatorios y sensibilizar a los ciudadanos sobre las consecuencias de la iniquidad. A los gobiernos les incumbe garantizar la igualdad en las condiciones de vida y de trabajo, estableciendo políticas de discriminación positiva, conminando a su cumplimiento, exigiendo su aplicación.
Solo una sociedad que garantiza la igualdad de oportunidades y la no discriminación de sus ciudadanos se puede llamar sociedad libre.
Artículo: Universidalia No. 7



