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Mujeres en las Universidades Españolas

Mujeres en las Universidades Españolas

Ester Barberá Heredia

Catedrática de Psicología Básica

Universidad de Valencia

Autora de Psicología y Género

 


Si hay algo que caracteriza a las actuales universidades es el proceso de continua feminización, proceso que ha ido en aumento de forma interrumpida a lo largo de las tres últimas décadas. El incremento de mujeres universitarias es un hecho que resulta evidente (en la medida en que se ve con facilidad) no siendo ya objeto de debate. Las cifras, repetidas durante los últimos tiempos hasta la saciedad, hablan por sí solas. De los tres estamentos que conforman la universidad, las mujeres representan, en términos aproximados, algo más del 50% entre los estudiantes, alrededor del 30% del profesorado y casi un 60% entre el personal de administración y servicios, habitualmente conocido como PAS.


En lo que ya no parece haber tanto acuerdo es en el modo de interpretar el significado de esta feminización de las universidades. ¿Estudian chicas y chicos las mismas o diferentes carreras?, ¿desarrollan expectativas profesionales similares?, ¿la coincidencia entre feminización y masificación en la universidad es algo fortuito o cabe establecer algún tipo de relación causal entre ambos fenómenos? Responder a toda esta serie de interrogantes no es ya tarea fácil; además las posibles contestaciones son múltiples dependiendo del punto de vista que se adopte y del significado que se le atribuya. En este sentido, trataré de establecer algunas puntualizaciones que, desde mi posición personal, considero que pueden resultar de interés.


En primer lugar, se puede afirmar con toda rotundidad que en el momento presente nos encontramos ante la generación de mujeres con mayor formación académica de la historia y con una altísima motivación profesional. El viejo tópico de que las mujeres acudían a la universidad a ‘buscar novio’ o a sacarse un título para colgarlo en la pared resulta completamente obsoleto y carente de sentido. El hecho de que muchas mujeres quieran y puedan acceder a la formación universitaria representa un logro en sí mismo. Si, además, esta preparación favorece las expectativas de acceso y promoción profesional, cabe hablar no sólo de logro sino de verdadera conquista individual y social. El reconocimiento de lo anterior no significa, sin embargo, que se haya conseguido erradicar por completo la discriminación de género en la universidad.


El ‘techo de cristal’ sigue siendo no sólo una metáfora elocuente referida a las barreras invisibles con que tropiezan muchas universitarias, sino que es sobre todo el reflejo de una realidad tozuda que se sustancia tanto a nivel horizontal como vertical. La discriminación vertical se observa fácilmente en la jerarquía profesional universitaria al comprobar cómo disminuye la proporción de mujeres a medida que se asciende en la pirámide organizacional, de manera que hay muchas en la base –como estudiantes, becarias, profesoras ayudantes o niveles inferiores del PAS- y muchas menos en la cúpula, siendo su presencia muy minoritaria en la categoría de mayor nivel académico –catedrática de universidad (en donde sólo representan el 16%)- y, lo que es más importante, en los cargos de gestión en los que se toman la mayor parte de las decisiones que rigen la vida universitaria –equipo rectoral, decanatos y dirección de departamentos e institutos universitarios (en donde la representatividad femenina no alcanza el 10% del total)-. Además de discriminación vertical, cabe hablar de segregación horizontal en la medida en que mujeres y varones no se distribuyen aleatoriamente en las mismas carreras sino que suelen elegir tipos de estudios y especialidades diferentes.


Así, la mayor proporción de mujeres universitarias se concentra en las escuelas y facultades de ciencias sociales, de la salud, humanidades y magisterio, siendo estas carreras las que, grosso modo, presentan menor valoración social, reconocimiento académico y tienen expectativas laborales más bajas. No obstante, cabe mencionar que en los estudios técnicos, considerados típicamente masculinos, el incremento de mujeres durante los últimos años ha sido espectacular, de manera que si bien en carreras como ingeniería industrial o telecomunicaciones su participación sigue siendo minoritaria, ya no cabe hablar de presencia excepcional de las mujeres.


Establecidas como premisas básicas los dos argumentos previamente mencionados –reconocimiento del logro histórico conseguido por las mujeres coexistiendo con la persistencia de discriminación de género en la vida universitaria-, la pregunta que cabe formularse es la siguiente: ¿cómo interpretan las mujeres universitarias su posición actual?


Investigaciones recientes han puesto de relieve que una inmensa mayoría de profesoras, que han tenido que realizar un gran esfuerzo para alcanzar una posición estable en la universidad y que ejercen sus l labores docentes e investigadoras con entusiasmo y eficacia, no se sienten motivadas para desempeñar posiciones de responsabilidad y mando académico.


Entre los principales argumentos esgrimidos por ellas cabe destacar dos fundamentales: uno referido a la sobrecarga profesional que supone la ocupación de cargos académicos, en tanto en cuanto no se contempla como la sustitución de un tipo de trabajo (investigación y docencia) por otro (gestión, dirección y representación), sino como una acumulación de actividades que resta tiempo libre, aspecto este altamente valorado por las mujeres. En la inmensa mayoría de los casos la valoración del tiempo libre obedece a necesidades de conciliación entre vida académica y familiar. Pero, incluso en el caso de mujeres con pocas cargas familiares, la disponibilidad de tiempo libre la valoran en mayor medida que sus compañeros varones para dedicarla a cultivar amistades, practicar hobbies, viajar u otra serie de actividades que han ido gestando a lo largo de etapas evolutivas anteriores.


El segundo argumento hace referencia a lo que muchas de ellas denominan la falta de motivación para participar en un proyecto que consideran de características masculinas, por estar hecho a imagen y semejanza de los hombres, y con el que no se sienten identificadas.


La concepción de la gestión académica basada en largas horas de reuniones, con dedicación exclusiva y, a menudo, sin objetivos concretos y realistas, por un lado, y la falta de complicidad con sus compañeros de equipo, por otro, son factores que restan fuerzas y merman sus deseos de implicarse en proyectos tales como ser rectora, decana o directora de centro. Caricaturizando sus propias palabras, se podría decir que el saberse invisibles y la carencia de modelos propios de referencia favorecen el incremento de su mayor invisibilidad, como la pescadilla que se muerde la cola.


La última cuestión a la que quisiera dedicar atención es la que hace referencia a los procedimientos para conseguir estimular una mayor implicación de las mujeres en posiciones de decisión y en cargos de responsabilidad de la vida universitaria. En el número cinco de esta misma revista, la ministra de educación y ciencia, Mª Jesús San Segundo, comentaba que ‘al inicio del siglo XXI la universidad se enfrenta al gran reto de ayudar a construir y liderar la sociedad del conocimiento que buscan España y la Unión Europea, como base de su desarrollo económico, social y cultural futuros’.


Pues bien, para hacer frente a semejante desafío y poder cumplir con los objetivos universitarios capitales, a saber: impulsar la calidad y adecuar la formación a las necesidades sociales, las universidades deben contar con todos los recursos disponibles, y que duda cabe que, hoy en día, las mujeres universitarias representan un capital humano muy valioso del que no se debe prescindir ni tampoco desaprovechar.


Sin caer en posturas esencialistas ni pensar en místicas de la feminidad, hay que reconocer que por los procesos de socialización recibidos las mujeres, en general, afrontan el cambio con un estilo distinto. Se habla incluso de un poder en femenino, haciendo referencia con ello a modos más participativos y menos autoritarios. De la misma forma que cuando un profesional se inicia en el ejercicio de su profesión carece de experiencia pero aporta entusiasmo y deseo de hacer las cosas mejor, las mujeres que acceden a cargos académicos están iniciando tímidamente nuevas formas de abordar el trabajo, cuidando mucho la gestión del tiempo y la implicación de las personas que configuran el equipo de trabajo. Hay experiencias muy positivas en este sentido y conviene continuar en esta línea favoreciendo el incremento de modelos nuevos. Para ello es necesario que las jóvenes universitarias, cuyos resultados académicos ya nadie pone en duda, se sientan protagonistas activas de la renovación que precisan las universidades para dar una respuesta adecuada a las necesidades de una sociedad cada vez más dinámica, compleja y globalizada.

 


 


Artículo: Universidalia No. 7



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Comentarios (2)

  • Nombre

    Por: Jahel Flores | 27/05/2009 17:14

    Es verdad...

    Yo creo que el tema de las mujeres en la universidad y su cada vez mayor implicación en la vida laboral es un tema a destacar y este artículo de Ester Barberá es muy interesante!

  • Nombre

    Por: Susana Canedo Martínez | 27/05/2009 16:36

    ¡Muy interesante!

    ¡Podemos incluir comentarios!

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