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¿Está la Universidad “éticamente enferma”?

MANUEL GUILLÉN PARRA

Profesor Titular de Organización de Empresas Universidad de Valencia


¿Es posible diagnosticar la “salud ética” de la Universidad en que trabajamos? Pienso que sí, y en este artículo intento ofrecer algún elemento de juicio que sirva para hacerlo. Propongo también aquí una breve reflexión acerca del nuevo marco de enseñanza superior europea y de algunas de las amenazas y oportunidades que ofrece el modelo para poder mejorar el estado de salud ética de nuestra universidad.


Lo primero que haré será explicar qué entiendo por salud ética de una organización. Podría decirse que una «organización éticamente sana» es aquella que contribuye al enriquecimiento humano de sus miembros, de las personas implicadas en el logro de su misión y de los afectados por su actividad. O dicho de otro modo, una organización éticamente sana será aquella que contribuya a desarrollar cualidades morales en sus integrantes, en las personas que hacen posible que salga adelante y en quienes reciben sus servicios.


La universidad estará más sana desde el punto de vista ético, en la medida en que favorezca el crecimiento personal y profesional de sus integrantes. Algo que ocurrirá siempre que en su seno se fomenten actitudes y comportamientos éticamente deseables. Esto se verá reflejado en indicadores de buena salud ética, como son: la transparencia en los mecanismos internos de asignación de recursos, la ausencia de ocultos intereses particulares que perjudican a otras personas, la existencia de un esfuerzo permanente por hacer bien el trabajo, la presencia de un interés sincero por contribuir al bien de aquellos con los que se trabaja y para quienes se trabaja, un permanente afán de servicio, en definitiva, un clima de confianza en el que todos cooperan de un modo racional al bien común. ¿Se dan estos comportamientos y actitudes en la universidad en la que trabajamos? ¿Es la nuestra una universidad éticamente sana o enferma?


Quizá antes de contestar, y pensando en poder emitir un juicio más atinado, conviene pensar que la «organización éticamente enferma» es aquella que propicia —mediante su estructura, sus políticas, sus procesos de decisión, sus objetivos— el empobrecimiento humano de las personas que la integran. Algunos indicadores de enfermedad ética son la falta de transparencia en los procesos de toma de decisiones, la presencia más o menos frecuente de conflictos estériles, el recelo o la indiferencia por lo que hacen los demás: en definitiva, un deterioro progresivo de la confianza y de la calidad humana de sus miembros. Se podrá decir que la Universidad está éticamente enferma si, como fruto de la relación con ella, las personas generosas comienzan a convertirse en egoístas, las humildes en orgullosas, las leales en desleales, las magnánimas en apocadas, las amables en iracundas…


Alguien podrá decir, y con razón, que en sentido estricto sólo puede hablarse de personas más o menos éticas, pero no de estructuras poco éticas. Cierto, lo admito, tan sólo de modo analógico se puede utilizar la expresión «organización éticamente enferma». Pero no es menos cierto que los elementos estructurales de una institución, los medios que utiliza, los fines que persigue y los valores que transmite influyen en el comportamiento de sus miembros. Por eso, sin que esta influencia implique anular la responsabilidad personal ética de ninguno de sus miembros, es posible estar ante unas organizaciones más sanas éticamente que otras.


Pero entonces, ¿está la Universidad éticamente enferma? Pues la respuesta no puede ser única. Variables como la antigüedad, el tamaño o la propiedad pueden estar influyendo en el grado de salud ética en que se encuentra cada una de nuestras universidades. El objetivo de este artículo no es otro que el de abrir el debate y hacernos caer en la cuenta del papel que podemos desempeñar cada uno y cada una en contribuir a la mejora de la situación.


Siguiendo con la analogía, se puede afirmar que tanto en el plano biológico como en el moral, el estado perfecto de salud no existe. La salud plena es en realidad un objetivo. En todo organismo vivo hay siempre algo deteriorado. A veces son células enfermas, otras son tejidos e incluso órganos enteros, pero no hay cuerpo que no tenga algún aspecto que pueda mejorar y cuya recuperación requiera esfuerzo de todo el conjunto.


Por eso, en la cuestión ética, todos los miembros de la organización pueden y deben cooperar a la buena salud de la institución, aunque siempre haya síntomas de enfermedad aquí o allá. En los tiempos que corren, y a las puertas de la implantación del nuevo espacio europeo de educación superior, han aparecido en el horizonte oportunidades y amenazas que podrán influir precisamente en el estado de salud ética de nuestras universidades, y por tanto, en nuestra propia capacidad para mejorar como personas al realizar nuestro trabajo. ¿Incidirá el nuevo modelo de Universidad europea en la calidad ética de las universidades? Personalmente pienso que sí.


Los profesores contamos hoy con oportunidades que hace tan sólo unos lustros eran insospechadas. Estas oportunidades son ocasiones para cooperar a la buena salud ética de la institución. Hoy no cabe el desánimo ni la excusa. La tecnología permite que ofrezcamos conocimientos cuyo valor puede ser contrastado a tiempo real; que trabajemos con las editoriales para elaborar mejores materiales; que la investigación y la docencia se presenten de la mano; que cooperemos estrechamente con los profesionales de nuestras áreas de conocimiento; que dialoguemos con estudiantes y académicos de cualquier rincón del mundo para avanzar juntos y más rápido; en definitiva, que quienes trabajamos en esto cooperemos en la formación de mejores profesionales que sean, a la vez, mejores personas. Eso es contribuir a que la buena salud ética de la Universidad.

 


Artículos: Universidalia No. 9



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Comentarios (1)

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    Por: José Miguel Ponce | 15/10/2010 21:50

    Está enferma, tanto ética como desorientada

    Estoy totalmente de acuerdo con el artículo.

    La enfermedad de la universidad, no goza de buena salud, se manifiesta en muchos sentidos. Además dese del punto de vista ético, hay otros síntomas que reflejan que la enfermedad es bastante grave.

    La enfermedad de la universidad es consecuencia de las enfermedades de las personas que la forman: funcionarios (profesores o no, personal que gobierna en sus diferentes niveles y también por los alumnos.

    No es fácil curar una enfermedad con tantas causas y síntomas. Sin embargo, soy optimista porque tengo una inmensa confianza en la mejora de las personas.

    Saludos agradecidos al autor y a Daphne por publicar este artículo tan interesante.

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