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La reforma de la Universidad como necesidad

JUAN DE PABLOS PONS Catedrático de Universidad

Departamento de Didáctica y Organización Educativa

Universidad de Sevilla

 


En el marco de una sociedad mundializada, crecientemente dominada por iniciativas que tienen consecuencias globales sobre la economía, la política, la cultura e incluso el terrorismo, de cuyas consecuencia hemos sido testigos directos y angustiados a través de las redes audiovisuales estos días, todo parece abocado al cambio. Las nuevas tecnologías, con la digitalización de la información y de las redes informáticas, aportan en gran medida soporte para todos estos cambios. Y no cabe duda de que la incorporación de nuevos conceptos sobre el papel de los Estados, el sentido de las fronteras, las nuevas formas de trabajo o las manifestaciones de la violencia organizada despiertan interrogantes.


También el papel de la institución universitaria parece que debe cambiar ante estos nuevos referentes. De hecho es fácil detectar, en el propio ámbito universitario, movimientos e iniciativas que tratan de sacar partido de nuevos conceptos, modelos o visiones que renuevan o reformulan sus funciones más clásicas. Y en este nuevo estado de cosas, iniciativas como la teleformación, la enseñanza apoyada en Internet, las ofertas formativas en redes, etc., son, sin duda, una clara referencia en estos momentos.


Sin embargo, parece lógico que ante una reflexión o debate como el que abordamos aquí, partamos de un análisis aplicado a la propia institución universitaria. Sobre la base de encontrar respuestas para cuestiones del tipo: ¿cómo debe ser la Universidad en el siglo XXI? ¿Qué papel debe jugar la tecnología en la modernización de la Universidad? ¿Qué necesidades de la sociedad debe cubrir la Universidad de hoy?


Parece inicialmente claro que la universidad debe cumplir dos misiones básicas: la docencia en un rango de conocimientos superiores, y la vinculación con la investigación científica. Esta, a su vez, está ligada a la consiguiente formación de investigadores de calidad. Éstas deben ser las prioridades de la institución universitaria, sin embargo, la cuestión es más compleja. Hoy resulta evidente que afrontamos una creciente demanda de estudios profesionales, lo que conlleva una decadencia de la formación académica, al menos en su concepción más clásica.


En cuanto a la calidad de la oferta universitaria, parece claro que se trata de un factor directamente dependiente del profesorado. La calidad de una Universidad está en función de la calidad académica investigadora, y pedagógica de sus docentes. Mantener un buen nivel en este aspecto supone llevar a termino una evaluación obligatoria y periódica de la labor docente e investigadora de los profesores.


En el caso español, la Universidad y el sistema de investigación, presentan evidentes síntomas de agotamiento en sus dinámicas internas y en sus modelos de gestión. El actual debate vinculado a la iniciativa gubernamental de reformar la Universidad española representa una plasmación de dicho agotamiento. España nunca ha dedicado un porcentaje suficiente del producto interior bruto (PIB) a investigación y desarrollo. Efectivamente, existe un problema de financiación, pero no es el único. El modelo burocrático con el que se gestiona la docencia y la investigación en nuestras universidades genera una oferta pobre y fuera de lugar en muchas situaciones para su destinatario final, el estudiante; y resulta claramente desmotivador para sus profesionales.


La autonomía universitaria española es ficticia, fundamentalmente porque nuestras universidades son absolutamente dependientes desde el punto de vista económico. La financiación de los centros depende muy poco de su productividad (docente e investigadora). Las universidades no compiten entre sí por acoger a los mejores profesores o investigadores, puesto que su mejora aparentemente no radica en esas prioridades. Los criterios de las autoridades políticas en la dotación de infraestructuras, equipos humanos, reconocimiento profesional e incentivación del profesorado, etc., son los que marcan realmente las pautas. Alternativas evidentes –no son difíciles de ver– como fomentar la competencia académica, favorecer la autonomía económica de los centros universitarios o apostar por la evaluación institucional, parecen aplazarse una y otra vez. La calidad en la educación –expresión tan querida por la clase política– no es factible sin una evaluación real. La baremación de los centros universitarios debe hacerse con arreglo a los parámetros de la comunidad científica internacional, hoy más que nunca. La competencia exige profesionalidad. Y en cuanto a su gestión, no es bueno que las decisiones que deben soportar la orientación y la dinámica de los centros educativos, en los que no debe dar igual ser que estar, se tomen en función de intereses corporativos. Son los órganos de gobierno, democráticamente constituidos, los que deben llevar a acabo una autonomía universitaria real, con capacidad para autogestionarse de hecho.


En la actualidad la Universidad española está afrontando la reforma de los planes de estudio. Dicha reforma está ahora en fase de corrección, dadas las graves deficiencias detectadas en las reformas iniciales. Estas deficiencias son consecuencia de los problemas básicos: a) las nuevas titulaciones universitarias surgidas de la reforma contemplan un número excesivo de créditos, y b) la oferta de materias está <<blindada>> en exceso, formulada con unos criterios poco generosos.


Hoy parece que nos encontramos de nuevo ante el reto de volver a replantear y definir la Universidad que queremos ¿Cuál es la misión de la Universidad hoy? La renovación de los planes de estudio ha debido hacerse tratando de responder a ese interrogante ¿Ha sido así?


Cuestiones como la participación de la sociedad en la Universidad; la actitud universitaria entendida como servicio público; las relaciones a establecer entre ciencia, tecnología, y sociedad; o la cooperación y la solidaridad desde la Universidad, son ámbitos que permiten concretar cómo debe entenderse en una sociedad actual, moderna, el papel de la Universidad.

 


 


Artículo: Universidalia No. 9



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