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Una prioridad docente en el marco del Espacio Europeo de Educación Superior (EEES):

Una prioridad docente en el marco del Espacio Europeo de Educación Superior (EEES):

Una prioridad docente en el marco del Espacio Europeo de Educación Superior (EEES): enseñar a "aprender a aprender"


SANTIAGO CASTILLO ARREDONDO Catedrático (en materias relativas a la evaluación de los aprendizajes de los estudiantes). UNED.


Reflexiones previas

Los acuerdos de Bolonia (1999) respecto al Espacio Europeo de Educación Superior (EEES) bien se les pudieran engarzar con las inquietudes que se fraguaron en las últimas décadas del siglo pasado de la mano de la UNESCO que impulsó un amplio y prolongado debate sobre la educación entre cuyos hitos más señalados se puede recordar la publicación Aprender a ser (Edgar Faure, 1972); la Conferencia de Jomtien (1990) y el Informe para la UNESCO de la Comisión Internacional sobre Educación para el siglo XXI que dio lugar a la publicación La educación encierra un tesoro (Jacques Delors, 1996). A ello podemos añadir el Proyecto Tuning (2003) que contribuye a la realización de los objetivos fijados en Bolonia.

Entre los puntos dinámicos de referencia a los que se refiere el Proyecto Tuning (2003,) subrayamos los siguientes:

1. “Desarrollo del nuevo paradigma de educación primordialmente centrada en el estudiante y la necesidad de encauzarse hacia la gestión del conocimiento”. Este nuevo enfoque reclama una profunda transformación del paradigma enseñanza-aprendizaje tal como ahora lo concebimos. Ahora se aboga por una educación centrada en el sujeto que aprende. Equivocadamente venimos utilizando la expresión “proceso de enseñanza-aprendizaje” como si de un solo proceso se tratase, cuando en realidad son dos procesos claramente diferenciables: el proceso que le compete desarrollar al profesor para ejercer la enseñanza; y el proceso que realiza el estudiante para lograr el aprendizaje. Ahora se propone el “desplazamiento de una educación centrada en la enseñanza hacia una educación centrada en el aprendizaje”. En el denominado “proceso de enseñanza-aprendizaje” toda la importancia recae en aquellos aspectos relacionados con la enseñanza, el profesor y la transmisión de conocimientos; no tanto en la adquisición de los mismos mediante el correspondiente aprendizaje. Los cambios de la nueva propuesta se deben traducir en: “una educación más centrada en el estudiante, una transformación del papel del educador, una nueva definición de objetivos, un cambio en el enfoque de las actividades educativas, un desplazamiento del énfasis en los suministros de conocimientos (input) a los resultados (output) y un cambio en la organización del aprendizaje”.


Este punto dinámico de referencia supone un cambio radical de gran profundidad tanto para los profesores como para los estudiantes. Les requiere un cambio de mentalidad, de actitud y de modos de proceder que dé paso a una nueva cultura académica donde el estudiante, el-que-aprende, es el centro del proceso. En otras palabras, hemos de pasar de la “profesor-dependencia” al “estudiante-referencia”. Este nuevo paradigma abocará a una cultura académica “centrada primordialmente en el estudiante y en su capacidad de aprender, que exige más protagonismo y cotas más altas de compromiso puesto que es el estudiante quien debe desarrollar la capacidad de manejar información original, buscarla y evaluarla en una forma más variada (biblioteca, profesores, Internet, etc.)”. En consecuencia el llamado “proceso de enseñanza-aprendizaje” se ve afectado en toda su estructura tradicional: las propuestas docentes, la manera de encauzar las actividades y la organización del conocimiento, “pasan a ser regidos por las metas del estudiante”.


2. “Las demandas crecientes de una sociedad de aprendizaje permanente y de una mayor flexibilidad en la organización del aprendizaje”. La “sociedad del conocimiento” debiera ser también la “sociedad del aprendizaje”. Estamos en una sociedad abierta donde el horizonte de la educación se alarga hasta donde cada persona quiera llegar: posibilidad de educación, de formación continua a lo largo de toda la vida, a cualquier edad, en cualquier lugar, de cualquier manera…; en definitiva, “la educación se sitúa en el proceso ininterrumpido de aprendizaje permanente donde la persona necesita ser capaz de manejar el conocimiento, ponerlo al día, seleccionar lo que es apropiado para un determinado contexto, aprender continuamente, comprender lo aprendido de tal manera que pueda adaptarse a situaciones nuevas y cambiantes”. En la formación permanente afloran diferentes modalidades y sistemas que se adecuan al ritmo de aprendizaje de los estudiantes, y a una organización más flexible en la estructura de los programas y cursos que permiten compaginar el estudio con otras actividades.

Profesor y estudiante: dos caras de la moneda

Las reflexiones anteriores nos llevan a esperar que el profesorado asuma los cambios propuestos como beneficiosos de tal forma que le lleve a interiorizar la nueva realidad, (supone un cambio de mentalidad), y se decida con determinación a desempeñar el nuevo papel que ahora se le asigna, (requiere un cambio de actitud).


Anteriormente, el profesor era la persona que estructura en exclusiva el proceso de enseñanza-aprendizaje, siendo el protagonista principal en la enseñanza y en la formulación de los temas fundamentales de contenidos de la materia de estudio, a la vez que “el supervisor y director del trabajo de los estudiantes cuyos conocimientos evalúa”. En la propuesta de la convergencia europea el estudiante (el-sujeto-que-aprende) pasa a ser el protagonista y todos los planteamientos metodológicos están centrados en el estudiante y su proceso de aprendizaje. El EEES pone al estudiante en el centro del proceso didáctico, no exclusivamente como receptor del conocimiento, sino desarrollando diversos tipos de actividades que proporcionarán la adquisición de competencias profesionales necesarias para un futuro desempeño profesional de calidad.


El profesor, por su parte, va a ser “un acompañante en el proceso de aprender, que ayuda al que estudia a alcanzar ciertas competencias”. El papel del profesor seguirá siendo clave e imprescindible pero asumiendo nuevas funciones de no menor importancia: “un consejero, orientador y motivador que señala la importancia y lugar de las áreas del conocimiento, la comprensión y capacidad necesarias para aplicar ese conocimiento, que relaciona éste con los perfiles que deben lograrse y las necesidades que deben satisfacerse, con los intereses personales, las lagunas de conocimiento y las capacidades individuales, la selección crítica de materiales y fuentes, la organización de situaciones de aprendizaje, etc.” (Proyecto Tuning, 2003).


En definitiva, el profesorado se ocupará de motivar a los alumnos a ser activos en el proceso de un aprendizaje autónomo, de asesorar y gestionar el desarrollo del aprendizaje, de guiar a los estudiantes en el uso de las fuentes de información y conocimiento, de mantener un seguimiento y apoyo exigente, a la vez que flexible, de los compromisos adquiridos por el estudiante, y de levantar acta en la evaluación de los resultados de aprendizaje expresado en competencias.


La convergencia europea en el EEES tiene otro reto fundamental: el nuevo papel que debe asumir el estudiante. El cambio no va a ser fácil ni inmediato si tenemos en cuenta la postura de nuestros estudiantes ante las responsabilidades de sus estudios donde impera una cultura de “profesor-dependencia” a todos los niveles. Los estudiantes, hasta ahora acostumbrados a un seguidismo pasivo a las propuestas docentes, están llamados a desempeñar un papel protagónico que les impulse a desarrollar sus estudios con mayor capacidad de iniciativa y autonomía.


El enfoque de la nueva enseñanza superior y el desarrollo de las competencias en los programas educativos se centran en el estudiante y su capacidad de aprender como referente nuclear. Se busca un estudiante más comprometido y entregado a las múltiples tareas que conlleva la realización de unos estudios superiores en una sociedad del conocimiento en acelerada evolución que él, (el estudiante), está obligado a convertirla en una sociedad del aprendizaje para lo cual tiene a su disposición gran variedad de fuentes de información y contenidos. Los manuales de estudio, la biblioteca, Internet, los profesores, etc. son algunos de los recursos a los que los estudiantes pueden acceder desde una iniciativa cada vez más personal, autónoma y comprometida.


En definitiva, el estudiante universitario en el EEES va a ser un ciudadano inmerso en una sociedad que requiere una preparación polivalente que le permita adecuarse a los acelerados cambios que le va a tocar vivir. Orientar a un estudiante universitario en sus estudios desde los planteamientos que se están avanzando en el Espacio Europeo de Educación Superior (EEES) supone que la docencia universitaria debe hacer posible el aprendizaje de los estudiantes: enseñar es ayudar al estudiante a aprender.

Aprender a aprender: una competencia prioritaria

Los frutos de la educación requieren de un largo recorrido lejos de la improvisación o de la inercia rutinaria. La competencia para aprender a aprender no es el logro de un fin de carrera, sino muy al contrario, es la piedra básica que se debe asentar como un objetivo prioritario desde los momentos iniciales de la educación. No podemos pensar en estudiantes universitarios con la suficiente autonomía para afrontar sus estudios si en las etapas previas del sistema educativo no se les ha dotado de la correspondiente competencia para aprender a aprender por sí mismo como ya aboga la reciente legislación educativa. La nueva Ley Orgánica de Educación (LOE, 2006) en su Preámbulo ya manifiesta una especial preocupación porque se desarrolle en los estudiantes “la capacidad de aprender por sí mismos”. En el art. 5.2 indica: “El sistema educativo tiene como principio básico propiciar la educación permanente. A tal efecto, preparará a los alumnos para aprender por sí mismos…”.


En definitiva, el favorecer la capacidad para aprender por sí mismo se constituye en uno de los principios pedagógicos del sistema educativo que regula esta ley (Arts., 23. g); 26.1; 40. c), entre otras referencias). Consecuentemente, entre las competencias básicas que contempla la LOE y los Decretos que la desarrollan para ser adquiridas en las Etapas de Educación Primaria y de Educación Secundaria Obligatoria está la competencia para aprender a aprender. Sin embargo, sorprende que la ley no incluya esta preocupación o prioridad entre las funciones del profesorado que se tipifican en el art. 91, para que cada profesor o profesora se vea comprometido con su desarrollo en la práctica diaria del aula.

El profesorado tiene un nueva (¡!) responsabilidad con la competencia para aprender a aprender, a la vez que a los estudiantes asumen el protagonismo y la responsabilidad que les corresponde como principales agentes de su aprendizaje. Es necesario que a los estudiantes se les enseñe a estudiar (para que puedan y sepan aprender) fomentando en ellos hábitos y habilidades que les “adiestren” (adquisición de la competencia) en el dominio de las técnicas propias de su oficio-profesión de estudiante. El aprendizaje básico de saber estudiar, anterior a cualquier propuesta del contenido curricular de una materia, le va a permitir al estudiante afrontar con soltura las actividades de aprendizaje, tener éxito en sus estudios y llegar a ser capaz de aprender por sí mismo.


El aprendizaje de más trascendencia es aprender a aprender: la mayoría de las personas no han aprendido estrategias de aprendizaje porque nadie se las ha enseñado, de tal forma que cuando han tenido que enfrentarse a una tarea nueva, el método que utilizan es el que siempre intuitivamente han utilizado, lo que consecuentemente hace que muy pocos sepan como abordarla, y, además, el esfuerzo que les supone es mayor. Es tarea prioritaria del profesor enseñar a aprender o enseñar a estudiar la materia; y del alumno aprender a aprender por sí mismo. El enseñar a aprender requiere de una enseñanza previa, prioritaria e ineludible, que cada profesor debe anteponer: es la de enseñar a estudiar, porque sólo de esa forma el estudiante logrará la competencia para aprender a aprender de una forma escalonada y procesal a lo largo de su recorrido por las sucesivas etapas del sistema educativo.


El progresivo dominio de la competencia para aprender a aprender será el procedimiento personal más adecuado para adquirir cualquier tipo de conocimientos ya se trate de hechos, principios o conceptos. Es muy difícil aprender a aprender de mayor; el hábito hay que crearlo desde los primeros cursos adecuándolo a cada edad, anticipándonos a que al alumno no le quede otro remedio que aprender por “ensayo y error”. Podríamos decir que la enseñanza de lo que tópicamente hemos venido en llamar “técnicas de estudio” son las andaderas que el profesor proporciona al estudiante para que aprenda a andar hasta que sea capaz de caminar por sí mismo.

La competencia para aprender a aprender no es un aprendizaje que se agota en sí mismo, sino que su mayor valía está en el carácter instrumental que le va a permitir al estudiante disponer de los recursos necesarios para lograr una mejor realización personal, una más segura incorporación a la vida profesional y ser más capaz de desarrollar un aprendizaje autónomo en cualquier situación o momento de su vida.


En definitiva, al profesor le corresponde enseñar a los alumnos para que sean aprendices autónomos, cada vez con mayor capacidad de iniciativa y de autorregulación donde la autoevaluación de sus actuaciones y aprendizajes sean una práctica habitual. Sin embargo, a día de hoy aún son muchos los estudiantes que padecen profesordependencia crónica. La capacidad para aprender a aprender implica desarrollar la capacidad de reflexionar cada uno en la forma en que aprende, y actuar en consecuencia autorregulando el propio proceso de aprendizaje mediante el uso de estrategias flexibles y apropiadas que se transfieren y adaptan a nuevas situaciones.


El compromiso docente por dar prioridad a la consecución de la competencia para aprender a aprender debe superar el tópico de considerarla como una frase hecha; o del desiderátum que se prolonga en la lejanía del tiempo a la espera de que se logre convertir en una realidad cotidiana en las aulas lo que inicialmente pudiera considerarse como una utopía. Sólo desde la determinación de cada profesor de poner manos a la obra se conseguirá que nuestros estudiantes aprendan a aprender por sí mismos como se propone en la Ley Orgánica de Educación y como se nos exige desde el Espacio Europeo de Educación Superior. No otra cosa hemos pretendido con nuestras publicaciones: Enseña a estudiar… aprende a aprender, por un lado; y Programación por competencias. Formación y Práctica, por otro.

 


Artículo: Universidalia No. 10


Descargue aquí la Revista Universidalia No. 10



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