Ensayos > La Imperiosa Necesidad de la Investigación Cientifico-Técnica en España
La Imperiosa Necesidad de la Investigación Cientifico-Técnica en España
ÁNGEL-MANUEL MONTAÑA PEDRERO
Doctor en Ciencias Químicas y Licenciado con Grado en Farmacia por la Universidad de Salamanca
Profesor Titular de Química Orgánica y Jefe de la Unidad de Química Orgánica Industrial y Aplicada de la Facultad de Química de la Universidad de Barcelona
Nos ha tocado vivir en una sociedad cambiante, en la que los cambios tienen lugar a una velocidad tal que en muchas ocasiones no son fáciles de asimilar. Estos cambios se producen a nivel político, económico y sobre todo social, en cuanto a la estructura y código de valores que rigen las actividades y las relaciones humanas. Este fenómeno afecta también a la investigación, y más concretamente al trinomio I+D+i, en lo que se refiere a sus fines, su importancia social y económica y su gestión.
El término I+D+i que aparece con cierta frecuencia en los medios de comunicación y que suena muy bien en los discursos rimbombantes de los políticos, no es bien conocido por las personas que reciben sus mensajes. La investigación científica (I) podríamos definirla como el conjunto de estudios y actividades encaminadas a la generación del conocimiento en cualquier rama del saber. El desarrollo (D) son aquellos estudios de escalado que nos van a permitir trasladar e implantar a nivel industrial aquellos productos o procesos concebidos y diseñados a nivel de laboratorio. La innovación (i) se refiere a la implementación efectiva de estos resultados del desarrollo en los procesos productivos, resultando en una mejora real y efectiva de los mismos o en un incremento del valor añadido de los productos. La tecnología es la ciencia aplicada a la realización de actividades o procesos que repercuten en una satisfacción de las necesidades de los ciudadanos y en una mejora de su calidad de vida. Es perfectamente perceptible por los ciudadanos que los desarrollos tecnológicos derivados de las investigaciones en medicina, farmacia, química, electrónica, informática, automoción, etc. han permitido que dispongamos de productos que mejoran nuestra vida diaria, nuestra comunicación, nuestro desplazamiento y nuestra salud, entre otros aspectos.
La investigación a su vez puede clasificarse en básica o fundamental y aplicada. La investigación básica es de capital importancia y necesaria para que pueda darse la generación de nuevos productos y procesos que satisfagan las necesidades de los ciudadanos. Antes que la tecnología y la innovación viene la investigación básica. Es la fuente del conocimiento generada por cientos de miles, millones de investigadores a lo largo de los años, a la que acudimos todos los investigadores y tecnólogos. El desarrollo de la ciencia se basa en las pequeñas contribuciones, en los granos de arena, con los que contribuimos todos os investigadores a lo largo de los años. No se puede, demagógicamente abandonar este enfoque científico por razones políticas y creer que única y exclusivamente debe existir una investigación aplicada. Por supuesto que es necesaria y los gestores de la financiación de la investigación deben establecer áreas estratégicas a las que dedicar una especial atención, pero no en detrimento de la investigación fundamental. La investigación básica no es filosofar o buscar el sexo de los ángeles por parte de unos investigadores que se encierran en una torre de marfil de espaldas a la sociedad, ni mucho menos, sino que es la base del conocimiento científico y de las futuras aplicaciones técnicas. Es, pues, importante dejar muy claro que ambos tipos de investigación son necesarios.
Por otra parte se ha de distinguir entre investigación pública y privada, en otras palabras, la investigación financiada con fondos públicos en la Universidad y otros centros públicos de investigación y la investigación realizada con fondos privados en las empresas privadas esencialmente. Esta diferenciación es conveniente realizarla a la hora de analizar quién ha de ser el motor de la investigación y por qué.
Una empresa privada por definición tiene como objetivo obtener beneficios a cambio de vender un producto o un servicio y satisfacer las necesidades de sus clientes en un determinado ámbito. Por esta razón la investigación en la empresa privada tiene como objetivo desarrollar nuevos productos o aumentar el valor añadido de los mismos. Poniendo como ejemplo la industria farmacéutica (que es uno de los sectores de mayor prestigio y que es percibido por los ciudadanos de forma muy positiva), cabe decir que este tipo de industrias no son ONG, sino que como cualquier empresa existen en tanto en cuanto tienen beneficios.
La industria farmacéutica realiza un gran esfuerzo investigador e invierte grandes cantidades de dinero (a veces hasta el 15% o más de su volumen de facturación) en desarrollar nuevos fármacos para mejorar la salud de los ciudadanos. Sin embargo, estas empresas investigan en aquellos sectores y áreas terapéuticas que les resultan altamente beneficiosos desde el punto de vista económico, como no podría ser de otra manera, y que son excelentes nichos de mercado con un elevado número de pacientes (clientes).
Desgraciadamente las empresas privadas no invierten en la investigación de enfermedades raras (según la OMS, aquellas con 5 o menos afectados por cada 10.000 habitantes) ya que no son rentables. Los pocos “fármacos huérfanos” que se desarrollan para el tratamiento de estas enfermedades lo son gracias a la ayuda pública o de ONG o instituciones privadas sin ánimo de lucro. La financiación pública debe actuar aquí, donde no llega la iniciativa privada. Por otra parte son muy pocas las empresas privadas a excepción de grandes empresas multinacionales en determinadas áreas estratégicas las que llevan a cabo investigación básica.
De esta situación se deduce claramente cual ha de ser el enfoque de la investigación pública (tanto básica como aplicada): el desarrollo del conocimiento científico y técnico en todas las áreas del saber, con énfasis en aquellas áreas estrategias de especial interés para la sociedad o la economía del país.
Quisiera especialmente resaltar que la labor de la investigación pública no es suplir la investigación privada y que los fondos públicos no han de subvencionar la investigación privada. Eso sí, los poderes públicos han de motivar, incentivar y facilitar la investigación privada y establecer puentes y colaboración con los entes públicos de investigación (Universidades, CSIC, Institutos de Investigación, etc.).
Quisiera dejar especialmente claro que hoy en día investigar es una necesidad imperiosa para las empresas en un mercado cada vez más competitivo y globalizado. La permanencia de los productos y los servicios en el mercado es cada vez más incierta y sometida a los vaivenes del mercado. Todos los productos, desde un fármaco hasta un perfume, pasando por una pintura, un televisor o un automóvil están sometidos a un ciclo de vida que varía dependiendo de la naturaleza del producto. En el campo de la química un producto químico de base (commodity) puede tener un ciclo de vida largo, en el campo de los productos de química fina (fine chemicals) puede ser de 10 a 20 años, en el campo de las especialidades químicas (performance chemicals) puede ser de 5 a 10 años. En otros sectores industriales, por ejemplo, un televisor queda desfasado en 1 a 2 años, un computador personal en 6 meses o un modelo de automóvil en dos años. Este ciclo de vida en el mercado depende del cambio de los hábitos de consumo de los ciudadanos, del cambio de necesidades, del surgimiento de nuevas necesidades creadas o no por la industria, puede estar motivado por la competencia de otras empresas que ofrecen productos con mejores prestaciones o a más bajo precio, o bien, por razones legales, de seguridad o de otra índole. Una empresa que no invierta en I+D+i y que ofrezca al mercado una cartera diversificada de productos está condenada al fracaso y a desaparecer como empresa. La investigación, además, debe ser un proceso continuo y constante y una empresa no puede basar su cuenta de resultados en un único producto estrella sino en una gama de productos lo más amplia posible de forma que las posibles pérdidas de ventas de un producto concreto queden compensadas con las ventas de otros productos y no se ponga en peligro la estabilidad de la empresa. Un ejemplo de este problema es el caso del medicamento estrella de Bayer, LIPOBAY, que años atrás tuvo que ser retirado del mercado, lo que supuso un quebranto tan grande para esta empresa que tuvo que despedir a miles de trabajadores y reestructurar y reorganizar toda la empresa multinacional, tardando más de 5 años en salir de la crisis. Estamos hablando de una empresa multinacional por lo que el impacto sería mucho más importante para una PYME.
En nuestro país no ha habido tradición investigadora en nuestras empresas, la triste frase de “que inventen otros” ha sido una realidad hasta no hace demasiado tiempo. Muchas de las empresas, con muy honrosas excepciones, se dedicaban a actividades meramente especulativas: compraban barato en origen y vendían caro sin aportar valor añadido a los productos. Por fortuna esta situación ha cambiado y muchas de nuestras empresas industriales y de servicios son líderes mundiales en muy diferentes áreas. Probablemente la necesidad impuesta por la libre competencia en un mercado cada vez más globalizado y libre de protecciones arancelarias ha forzado este cambio.
Desde los poderes públicos se debe incentivar la investigación para la generación de nuevos productos y procesos, porque esto redundará en una mejora de nuestra economía a largo plazo. Hasta ahora la economía española estaba basada en dos pilares básicos: el turismo de sol y playa, y la construcción, conocida de forma castiza como la “economía del ladrillo”.
En el primero de los casos, cada vez más visita España un turismo con menor poder adquisitivo, que deja cada vez menos dinero, de tal forma que para mantener los beneficios del año anterior al año siguiente se tiene que aumentar en un millón el número de visitantes. En cuanto al otro pilar básico, todo el mundo tiene en mente la actual crisis inmobiliaria. El tercer pilar es el consumo, en particular del sector servicios, basado eminentemente en la especulación y en el comprar barato al por mayor para vender caro al por menor (economía de escala) pero sin aportar valor añadido.
Es tremendamente preocupante cómo en nuestro país el sector secundario o industrial esta teniendo cada vez menos peso en el Producto Interior Bruto (PIB) de forma que en los últimos años ha bajado su contribución al mismo en forma alarmante. Entre el año 2000 y 2005, la industria ha pasado de representar un 16.4% del PIB en términos corrientes (incluyendo la evolución de los precios) a un 13.6%, la cifra más baja de la reciente historia económica de España. Si se amplía la estimación a los últimos 20 años, y a precios constantes, es decir descontando el efecto artificial de los precios, el peso de la industria en el PIB ha caído un 37%. Nuestro país se está desindustrializando y, lo que es peor, nuestra balanza exterior es cada vez más deficitaria.
Fomentando la investigación y el desarrollo de nuevos productos y procesos, no sólo para consumo interno si no para la exportación podríamos modificar esta tendencia negativa. Somos el país del mundo con mayor déficit exterior, que es del orden del 12.1% del PIB, sólo superado por EEUU pero en términos absolutos, dada la mayor envergadura de este país. Si tenemos vocación de acercarnos a los grandes países industrializados como los del G8 hemos de cambiar nuestra mentalidad especulativa por una mentalidad productiva. Se trata de producir más y mejor.
Sé que estamos inmersos en cambios profundos a nivel del mercado mundial con los procesos de globalización y el advenimiento al mercado de economías emergentes tan significativas como China y la India, lo que distorsiona las reglas de juego tradicionales. Sin embargo, hemos de hacer un gran esfuerzo por generar nuevos productos de alto valor añadido y calidad ya que por precio no podemos competir con países en vías de desarrollo como China, India, Marruecos o los países del Este Europeo o del sudeste asiático.
Muchas empresas están siguiendo la máxima “si no puedes con tu enemigo, únete a él” y así están estableciendo centros de producción en estos países. El Estado debe incentivar a las empresas españolas para que no se reubiquen en esos países, donde los costos de producción son más bajos y para que apuesten por la investigación, la novedad (nuevos nichos de mercado), por la calidad y el valor añadido, con objeto de mantener sus beneficios en base a la calidad y a la mejora de las prestaciones, por las cuales el consumidor estará dispuesto a pagar. Si esto no se hace en unos pocos decenios nos convertiremos únicamente en un país de servicios y de consumidores y no produciremos nada.
El Dr. Ángel Montaña ha desarrollado su labor docente e investigadora en tres universidades: la Universidad de Salamanca, la Universidad de Oklahoma (EEUU) y la Universidad de Barcelona de la que es profesor titular. Buena parte de su vida profesional la ha desarrollado en la industria química en labores de investigación y gestión de la investigación en PYMES y empresas multinacionales. Es autor de 70 publicaciones científicas, 15 libros, seis patentes y varias traducciones de libros científicos. Así mismo es consultor de varias empresas químicas.
Artículo: Universidalia No. 10
Descargue aquí la Revista Universidalia No. 10



