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Evolución

Homenaje a Darwin


Breve historia de la teoría de la evolución

El año 2009 es al mismo tiempo el bicentenario del nacimiento de Charles Darwin (el 12 de febrero de 1809) y el sesquicentenario de la publicación de su teoría “El origen de las Especies mediante Selección Natural” (24 de noviembre de 1859) En realidad, el pionero de la idea de que existe un origen común para todas las especies fue su abuelo Erasmus Darwin, médico, filósofo y poeta del siglo XVIII, quien publicó esta teoría en verso en su obra Zoonomía. Muchos otros científicos de la época coincidían en esta idea que, aún siendo tan antigua como el filósofo griego Anaximandro (quien en el siglo VI a. C., ya pensaba que todos los vertebrados, incluidos los seres humanos, descendían de los peces), resultó revolucionaria frente a la doctrina aristotélica impuesta durante siglos por la Iglesia que sostenía que las especies eran inmutables y existían desde su creación.


Sin embargo, el gran mérito de Charles Darwin consistió en encontrar la clave que explica cómo la selección natural impulsó el proceso evolutivo que daría lugar a todas las especies. La lectura casual del “Ensayo sobre el Principio de la Población” del reverendo Thomas Malthus donde señalaba que el factor limitante del crecimiento de la población humana es la escasez de recursos y alimentos, desveló a C. Darwin la clave del mecanismo por el cual las especies evolucionan bajo la selección natural. Si los seres vivos tienen una gran capacidad de reproducción, pero los recursos son limitados, las variantes de cada generación mejor adaptadas al medio sobrevivirán más, y tendrán más descendientes; de estos, los portadores de tales cualidades adaptativas proliferarán más que los demás hasta diferenciarse de otras poblaciones sometidas a condicionantes medioambientales distintas.


Era el momento histórico y cultural propicio, el creacionismo no se sostenía a la luz del conocimiento de la época. Al mismo tiempo Alfred Russell Wallace llegó a una conclusión similar. Cuando A. R. Wallace presentó su ensayo “Sobre la tendencia de las diversidades a alejarse indefinidamente del tipo original” a C. Darwin, éste le mostró su propia teoría de la evolución destacando la extraordinaria coincidencia. En julio de ese mismo año 1858 ambos científicos divulgaron unos extractos de sus manuscritos en una publicación conjunta. Sin embargo, Wallace optó posteriormente por el creacionismo cuando no supo explicar porqué las capacidades de los indígenas eran similares a las de los hombres “civilizados”.


La teoría de Darwin ha ido ganando consistencia a medida que la Biología se nutría de nuevo conocimiento aportado tanto por la paleontología y la genética, como por las recientes técnicas de secuenciación del ADN. La teoría de la evolución de C. Darwin perfeccionada con el conocimiento de la genética aportado por el monje austriaco G. Mendel (1822-1884) y, sobre todo, por el genetista de origen ucraniano Theodosius Dobzhanski (1900-1975) dio lugar a la “teoría sintética de la evolución” también llamada “Neodarwinismo”.

Manipulación ideológica de la teoría de la evolución

La teoría de la evolución tuvo un gran impacto en la ciencia, la religión, la política y la sociedad. Distintos líderes hicieron suya la idea y la adaptaron a su ideología o intereses. Sir Francis Galton (1822-1911), hizo su propia interpretación de la teoría de la selección natural de Darwin. Una de sus obras “Essays in Eugenics” (1909), le llevó a ser considerado el fundador de la eugenesia; en su opinión, la “supervivencia del más fuerte” no debía dejarse en manos de la naturaleza, sino de ciertos hombres que seleccionarían las características deseables y eliminarían las indeseables. La idea eugenésica fue generalmente aceptada en todos los estados y por todas las ideologías hasta el final de la segunda guerra mundial.

Las ideas de Darwin y Galton fueron recogidas en Alemania por Ernst Haeckel que se convirtió en el líder en materia de “evolución” en su país. Las obras de Haeckel que interpretaban la evolución al servicio de la ideología nazi, se propagaron rápidamente por Alemania y sirvieron de apoyo “científico” a la consolidación de las políticas dictatoriales y raciales de Hitler. Por paradójico que parezca, también dieron lugar a las primeras leyes de protección de los animales y de la naturaleza y a la ley de caza, constituyendo el primer cuerpo jurídico ecologista de la historia.


Tanto Engels como Marx fueron admiradores de la teoría de la evolución de Darwin a quien este regaló una copia dedicada de “El Capital”. En enero de 1861, Marx comentaba: “El libro de Darwin es muy importante y me sirve de base en ciencias naturales para la lucha de clases en la historia”. Engels más tarde, en su “Discurso ante la tumba de Marx”, comparó la doctrina de su amigo con el darwinismo considerando que tanto él como Marx estaban influidos por las ideas de Malthus sobre la lucha por la supervivencia de los más aptos en el reino de la Naturaleza y por la propia "ley" de Hobbes de "todos contra todos". Sin embargo, tras la revolución soviética, Stalin eligió en 1930 la línea neolamarckista de Lysenko considerando que la noción de la heredabilidad de los caracteres adquiridos, aun siendo falsa, parecía más útil a la ideología marxista imperante en la Unión Soviética. Lysenko cumplió fielmente el encargo de destruir la vanguardia de genetistas evolucionistas rusos sometiéndolos a persecución y asesinato.


En otro frente, la Iglesia se ha opuesto siempre y sigue oponiéndose a la teoría de la evolución, al principio mediante el insulto y la ridiculización; posteriormente, cuando Darwin y su teoría alcanzaron respeto universal, intentaron e intentan desacreditarlos utilizando las versiones e interpretaciones que Hitler hizo de la selección natural y sobre todo, de sus consecuencias. Allí donde tienen poder suficiente, las Iglesias cristianas promueven la eliminación de la teoría de la evolución de los temarios de enseñanza.


Los científicos cristianos, viendo imposible la defensa de la teoría creacionista, han optado por una interpretación interesada de la teoría del origen de las especies de Darwin. Admitiendo la evolución y la selección natural, pero con una dirección y un fin, en el que todas las especies o al menos el hombre, serían el resultado de un “diseño inteligente “ bajo influencia divina. Este movimiento, ha sido apoyado en USA especialmente por las iglesias cristianas evangélicas. (R. Dawkins 2007)

La historia de la teoría de la evolución de Darwin es una muestra más de hasta qué punto las distintas ideologías hacen un uso deshonesto, manipulador y abusivo del conocimiento para reforzar su poder o justificar crímenes e incluso genocidios.


El conocimiento científico

Si queremos obtener el verdadero provecho que el conocimiento científico aporta, hay que verlo con objetividad, como es en realidad, independientemente de que se ajuste o no a determinados principios éticos, credos religiosos, ideologías políticas o movimientos sociales. Si por el contrario, caemos en la tentación de manipularlo a nuestro gusto, crearemos una mentira inútil cuando no en un monstruoso obstáculo a la cordura. Resultado de tanto despropósito son las creencias u opiniones inexactas que los ciudadanos de hoy tienen de la teoría de la evolución y sus consecuencias.


Debe quedar claro que la teoría de la evolución se ha visto avalada, perfeccionada y reforzada cada día, desde hace 150 años, por todos y cada uno de los descubrimientos y trabajos científicos realizados hasta hoy. Su consistencia, profundidad, universalidad y coherencia la han convertido en la columna vertebral de la Biología y referencia de todo conocimiento científico. Por mucho que pese a sus detractores, hoy en día, el único obstáculo o enemigo de la teoría de la evolución es la ignorancia. Por tanto, aclaremos algunos entuertos.


Competencia versus cooperación

En primer lugar, debemos destacar que la competencia entre individuos dentro de la misma especie y entre especies es rara, aunque ha ocurrido en cada una de las cinco extinciones masivas de la historia de nuestro planeta. Tras un cataclismo, se produce un cambio de las condiciones ambientales que a su vez rompe el orden y la estabilidad de los ecosistemas; las especies y los individuos dentro de cada especie, entran en competencia por los recursos y se extinguen masivamente.


La gran extinción del periodo Pérmico, hace 251 millones de años, dio lugar a la desaparición del 90% de las especies marinas y el 70% de las especies terrestres. La sexta gran extinción está siendo provocada por los cambios ambientales, por la destrucción de ecosistemas y por la competencia directa de la especie humana con otras especies. La competencia como estrategia selectiva propia del egoísmo, la codicia y la ambición es ruinosa cuando no suicida, como se ha podido comprobar en solo 50 años de lucha química contra las plagas agrícolas.


La interpretación victoriana de la teoría de la selección natural resultó sesgada por varios condicionantes históricos: por un lado, sufrió la influencia de la teoría económica de Adam Smith (1723 –1790) basada en la competencia egoísta del individuo y, por otro lado, se destacó en exceso el papel de la competencia y la eliminación del débil por el más fuerte para justificar la expansión imperialista y el genocidio sistemático de los pueblos indígenas. También Ernst Haeckel desarrolló una interpretación parecida que serviría para justificar la dictadura, la expansión y el genocidio. Las purgas de Stalin se encuadran en un proceso de competencia por el poder dentro del partido y la obsesiva determinación de eliminar cualquier insumisión.


En la Naturaleza, lo general es que las especies se diversifiquen en la elección del nicho ecológico aprovechando recursos o espacios no explotados. Si en alguna ocasión dos especies entran en competencia una desaparece en poco tiempo, de modo que en condiciones naturales no abunda esta forma de conflicto. Sin embargo, la intervención humana ha provocado situaciones de competencia como la introducción de la ardilla gris americana o el cangrejo rojo de río que están provocando la extinción de las especies autóctonas.


Entre los individuos de una misma especie y grupo destaca la colaboración generalizada junto a una competencia ritualizada, estacional y puntual relacionada con la reproducción. Los miembros de un grupo animal se avisan cuando descubren una fuente de alimento o un enemigo, se protegen mutuamente, aúnan fuerzas para la obtención de alimentos y comparten información y experiencia. P. A. Kropotkin (1842-1921) geógrafo, ensayista, escritor y político anarquista ruso, en su libro “El apoyo mutuo” publicado en 1902 señaló las ventajas del apoyo mutuo frente a la competencia y calificó la colaboración como el factor determinante de la evolución.


La teoría de la evolución mediante selección natural no dice que los individuos o las especies compitan por los recursos y que prevalezcan los más fuertes. Lo que realmente ocurre es que prevalecen y se reproducen más los individuos, grupos y especies mejor adaptados a las condiciones del medio. Una tendencia adaptativa general en las selvas es la disminución del tamaño. Otro carácter adaptativo generalizado es la tendencia a la colaboración entre individuos y especies. K. S. Merezhkovski (1855-1921), biólogo y botánico ruso presentó en 1909 su “teoría de la simbiogénesis” desarrollada a partir de sus estudios de la simbiosis entre las algas unicelulares y los hongos integrantes de los líquenes. En 1926 presentó su libro “Simbiogénesis y el origen de las especies” donde se señala por primera vez que el cloroplasto podría ser una cianobacteria asociada en simbiosis con una célula eucariota.


Lynn Margulis en su “Teoría de la endosimbiosis seriada” (1967) explica la existencia misma de las células eucariotas como el resultado de la colaboración entre varias bacterias primitivas en íntima asociación. Todos los organismos pluricelulares procedemos de la única célula que no pudo digerir a aquella bacteria fagocitada que se convertiría en la mitocondria. A su vez, todos los organismos eucariotas fotosintéticos unicelulares o pluricelulares, proceden de otra proeza adaptativa de asociación entre la célula eucariota y una bacteria fotosintética fagocitada que no fue digerida y que se convirtió así en los actuales cloroplastos.


La evolución de la enfermedad infecciosa se rige por los mismos principios adaptativos. No importa cómo se inicie ni cuan patógenos sean los microorganismos implicados; porque, puesto que morirán cuando el organismo infectado muera, se difundirán más por la vía del contagio aquellos que mantengan viva a la víctima durante más tiempo, de modo que la selección natural beneficiará a los menos patógenos y especialmente, con el transcurrir del tiempo y por la mediación de los procesos selectivos, a aquellos que aporten un beneficio a la víctima como ocurre con las bacterias intestinales, vaginales, etc, que nos protegen de otras infecciones, aportan vitaminas o ayudan en la digestión de la celulosa a rumiantes y termitas.


En los ecosistemas maduros se alcanza la máxima relación entre materia viva y energía incidente gracias al incremento de la diversidad, estabilidad y colaboración entre individuos y especies (Margalef, 1991) El néctar de las flores y los frutos comestibles no son más que productos de intercambio que fomentan la colaboración de los animales en la estrategia reproductora y expansiva de las plantas.


El pacifismo irracional

En el extremo opuesto, nos encontramos con otra de las consecuencias de tantas pasiones encontradas y tanta interpretación interesada entorno a la teoría del origen de las especies de Darwin. Algunos naturalistas y antropólogos del siglo pasado, buscaron en las tribus aisladas de lugares remotos los principios de paz, equilibrio y armonía que en su opinión, debían regir el mundo. Falsearon las observaciones o vieron lo que quisieron ver, pero aún siendo inexactas, sus publicaciones sirvieron de apoyo ideológico al mito del “buen salvaje” y a los movimientos pacifistas, antimilitaristas y ecologistas.


Debemos prestar especial atención a un tipo de pacifismo que superando los límites del sentido común llega a ser fanático e irracional. El pacifismo, al tener como objetivo supremo el mantenimiento de la paz, cae en el error de no distinguir entre la paz construida sobre las bases del respeto, el derecho, la libertad, la igualdad y la colaboración y otra forma de paz construida bajo la opresión, la explotación, la sumisión o la esclavitud. Este pacifismo fatalista, sumiso e irracional no se puede considerar más que como una forma de negación de la naturaleza humana en particular y de la naturaleza viva en general.


El idílico paraíso donde sus habitantes están dotados de un pacifismo innato que les permite una relación basada en el respeto, el equilibrio y la armonía es una fantasía que nada tiene que ver con la realidad. Por el contrario, los principios que rigen el comportamiento de los seres vivos, se basan en la tendencia de todo ser vivo a aprovechar los recursos del medio, incluidos otros seres vivos, con el mínimo esfuerzo y riesgo. Lo que realmente evita la vorágine y el caos que se derivaría de aquí es otro principio general que actúa como fuerza oponente, se trata del principio de conservación: nadie cede o se entrega sin resistencia. K Lorenz (1903-1989) premio Nóbel de medicina, zoólogo y padre de la Etología, dejó claro en las numerosas reediciones de su libro “Sobre la agresión el pretendido mal” (1963) que la agresión está en la base del comportamiento innato, mientras que el respeto, la colaboración, la amistad, y el amor son resultantes adaptativas en el marco de las interacciones agresivas.


El vector resultante de las fuerzas agresivas enfrentadas es el factor que hace ventajosos y por tanto adaptativos, la colaboración y el equilibrio en los ecosistemas maduros. Durante el largo proceso hacia la madurez de un ecosistema, la relación entre individuos, entre especies y de todos con el medio físico produce, bajo la selección natural, el incremento de la diversificación, la especialización, el aumento de los niveles de asociación y de la complejidad del orden que rige las interacciones entre sus componentes. A medida que se avanza en los estadios de complejidad del orden, fruto de la dinámica de fuerzas y de la disponibilidad de recursos, aparecen los valores que todos admiramos: respeto, comunicación sincera, colaboración, compañerismo, amistad, lealtad, amor, fidelidad, abnegación, sacrificio, etc. Valores que prevalecen sobre sus opuestos por pura ventaja evolutiva (R. Dawkins 1985).


El ejército como factor disuasorio para el entendimiento

Dentro de la tendencia natural a la diversificación y especialización, muchas especies de hormigas, termitas y los humanos han creado ejércitos formados por individuos especializados y organizados para actuar en la dinámica de interacción de grupos como fuerzas, unas veces agresoras, otras defensivas; pero siempre, contribuyendo a generar el factor disuasorio selectivo que favorece la elección de la asociación y colaboración como estrategias de supervivencia.


Si el objetivo del ejército agresor es obtener beneficio de su ataque, el deber del ejército defensor es impedírselo o en su defecto, hacer que su victoria sea tan ruinosa que resulte lamentable (Greene, 2007) De hecho, es difícil encontrar en la historia campañas bélicas expansivas que a largo plazo hayan aportado beneficios más allá de las arcas de un rey o dictador, de la vanidad de un general o de la economía de las fábricas de armas.


El caso español es un didáctico ejemplo donde la gente moría de hambre o malvivía en un imperio donde no se ponía el Sol, pues las riquezas obtenidas de la esquilmación de los pueblos y territorios del imperio no eran suficientes ni para sufragar las guerras necesarias para mantenerlo.


Si la fuente de beneficios nace de la opresión de los pueblos ocupados, pronto se encuentra el límite en la línea que determina las condiciones en las que ya no merece la pena vivir y por tanto, el oprimido elige morir luchando. Después de Alejandro Magno, quien fue capaz de vencer a los ejércitos y al mismo tiempo conquistar el corazón de los pueblos, nadie ha sabido respetar esa frontera del orgullo humano, subjetiva y sutil pero cuya trasgresión desata unos mecanismos innatos de rebelión y liberación tan poderosos que hasta ahora han resultado invencibles para los más poderosos ejércitos.


La historia de las guerras se pierde en los albores de la humanidad, y es tan extensa y cruel que difícilmente se comprende como factor determinante del proceso evolutivo general hacia un sistema donde impere el respeto y la colaboración del conjunto de naciones compartiendo los recursos del planeta en equilibrio y armonía. Sin embargo, así es; R. Wright en su libro “Nadie pierde, teoría Darwiniana y lógica del destino humano”, traducido y publicado en español en 2005 describe, sin dejar lugar a dudas, el proceso evolutivo de las guerras de la humanidad hacia encuentros cada vez menos crueles, y conflictos cada vez más controlados y políticamente ritualizados.

 

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