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Educación, educadores y educandos

Estimados compañeros de redEEES:


Voy a intentar verter aquí el conocimiento que la experiencia y la investigación me han proporcionado sobre la educación. No voy a hacerlo en una sola entrega porque sería excesivo, tampoco voy a presentar todo lo que he recopilado porque sería abrumador y aburrido. Lo haré por entregas y solo publicaré aquello que no se suele leer u oir; digamos que lo haré seleccionando aquella información que aún gozando de numerosos trabajos experimentales que le dan soporte científico, pudiera eventualmente, provocar vuestro asombro e incredulidad. Lo demás, lo que es de dominio público en nuestro "gremio", intentaré obviarlo. ¿Que sentido tendría hablar de lo que todos saben?


Sin embargo, permitidme que excepcionalmente, transcriba  literalmente el trabajo de una profesora de enseñanza secundaria, pues es un punto de partida que no se puede ignorar y presenta claramente el problema que merece nuestra atanción.


Autor: Adelaida Tapia Domínguez, profesora del I.E.S. “Cruz de Caravaca” de Almería.


Título del artículo: “Diario de un profesor”


No sé si algún día verán la luz estas palabras, la idea que me ha movido, en principio, no es ésa. Esta reflexión es consecuencia de un fuerte sentimiento de frustración con muchos matices: impotencia, resignación, desmotivación, desilusión, tristeza,…, que ha ido madurando en los últimos años, hasta convertir aquello que un día amé, en la dura carga que es hoy.

Me consta que este sentir es común a casi todas las personas que un día disfrutaron y se realizaron con la docencia; no obstante, no soy portavoz de nadie. Se trata de una salida humana: desahogarse.

La historia empezó hace veinte años, cuando la idea de ser profesora, me hizo sentir una persona afortunada. La falta de experiencia y los posibles errores iniciales se suplían con la ilusión, las ganas de hacer bien las cosas, de formar parte de una comunidad dinámica, emprendedora, que además te recibía con los brazos abiertos.

Ser profesor nunca ha sido fácil pues no hay manual de instrucciones y, aquello que descubres y va bien en un curso, no funciona en otro. Se trata de una experimentación continua de la dualidad ensayo-error. No hay trabajo más creativo e interesante.

Sin haberlo buscado intencionadamente, vine a dar con una profesión que se adaptaba a mí como un guante:

- Uno de los mayores retos que existen.

- Un compromiso social y personal.

- La posibilidad de ser útil.

- La responsabilidad de ser referente de muchas personas.

- Compartir la vitalidad y espontaneidad de la adolescencia.

- Convivir pacífica y respetuosamente en una comunidad en la que juegas un papel importante.

- Realizarte personal y profesionalmente.

- Tener ilusión, alegría.

El docente siempre ha tenido que enfrentarse a grandes retos y dificultades. El más importante es el elevado número de alumnos por aula. No es fácil motivar a una clase cuando es variada y numerosa y, sobre todo, es casi imposible prestar atención personalizada a aquellos alumnos que la necesitan.

Otro frente abierto tenemos con la sociedad. Es difícil hacer entender a la opinión pública que el profesor, aunque tenga muchas vacaciones, cada día trata de educar y enseñar a más de cien adolescentes; que la jornada laboral del docente no puede diseñarse con los mismos parámetros que para el resto de trabajadores, ya que la tensión, el estrés y la responsabilidad que genera cada hora lectiva, no son comparables a los de ninguna otra; que la preparación de materiales, corrección de pruebas y formación, ocupan gran parte de nuestro horario no lectivo.

Además, el problema de la disponibilidad geográfica, agrava nuestra situación. Parte de nuestra vida laboral la dedicamos a ir de un centro a otro, teniendo que adaptarnos a cada uno de ellos, y, en muchas ocasiones, cambiar nuestra residencia y muchos de nuestros hábitos.

¿Qué ha ocurrido en los últimos años para que la situación actual sea alarmante?.El deterioro en la enseñanza crece de forma gradual pero inexorable. En los últimos diez años han ido apareciendo situaciones conflictivas, aisladas al principio y más generalizadas en la actualidad, a las que no se han dado soluciones coherentes. Causas hay muchas: sociales, familiares, legales, psicológicas,…

El origen quizá haya que buscarlo en la evolución, positiva en principio, de una sociedad moderna como la nuestra. El puesto de la mujer, negado histórica e irracionalmente, ha ido situándose en el lugar que le corresponde (aunque aún diste de su consolidación total); la sociedad de consumo que paralelamente nos ha ido invadiendo, ha hecho el resto. Así, las necesidades “vitales” que han aparecido, unidas a la capacidad adquisitiva del nuevo modelo laboral-familiar, han convertido a la sociedad en esclava de un “consumismo material”, en detrimento de unos principios básicos (que sí existían anteriormente). La falta de tiempo para educar y transmitir valores a nuestros hijos, el escaso control de su comportamiento, la poca implicación en su educación (tanto a nivel familiar como escolar), etc., han configurado el diseño de nuestra sociedad. Hay que añadir que la administración tampoco ha ayudado, al no arbitrar medidas para conciliar vida familiar y laboral. De esta forma, son muchas las familias que no controlan la educación y comportamiento de sus hijos: éste es el origen de la mayoría de los conflictos. Estos alumnos no permiten que se les diga lo que tienen que hacer, pues no están acostumbrados a ello. Expresiones del tipo: “Maestro, espera, ¡que pesado eres!”, “no me da la gana de hacerlo”, las escuchamos habitualmente.

Por otro lado, el deterioro familiar, agravado en los últimos años, complica muchas situaciones. Algunos adolecentes, envueltos en un cruce de conflictos familiares, están desconcertados. Su rebeldía aumenta ante situaciones que no comprenden y, dada la permisividad actual, muestran un comportamiento y actitud no apropiados. Muchos de estos padres han perdido el control, el diálogo y la capacidad de actuar sobre sus hijos. A veces nos lo manifiestan expresamente: “No sabemos qué hacer”. Estos alumnos suelen ser bastante conflictivos, de comportamiento indisciplinado y escaso interés académico. Van acumulando partes disciplinarios y son expulsados temporalmente. Difícilmente terminan la secundaria.

Además, la escolarización obligatoria hasta los dieciséis años (que teóricamente es signo de una sociedad preocupada por el futuro), lejos de aumentar el grado de conocimientos y madurez de nuestros adolescentes, ha convertido a aquellos que no quieren estudiar, en presos de un sistema que los obliga a permanecer a la fuerza en un centro y en una enseñanza que no les interesa. El resultado es predecible: Se aburren, no sacan el cuaderno de trabajo, hablan con el compañero, interrumpen la clase y, muchas veces, faltan el respeto. Lo más triste es que esta sociedad no da respuesta a una persona que no quiere estudiar y, condena a los demás miembros de la comunidad educativa, a aguantar estoicamente y contar los días que faltan para que cumplan dieciséis años. Estamos hartos de escuchar expresiones como: “Maestro yo no quiero venir al instituto, pero me obligan; si no vengo, llaman a mi casa y pueden tener problemas mis padres, pero sólo me quedan dos meses para los dieciséis”.

La normativa actual es bastante permisiva. Este hecho mide el perfil civilizado de un país como el nuestro. El inconveniente de esta flexibilidad legislativa, surge cuando ante un conflicto social concreto (como el escolar), los procedimientos para sancionar faltas son muy lentos y engorrosos. Así, para expulsar a un alumno que ha cometido reiteradas faltas graves, hay que llevar a cabo un protocolo de actuaciones que tardan mucho tiempo en hacer efectiva la sanción. En este apartado hay que reseñar un caso extremo, que se ha dado alguna vez: El profesor que separa en una pelea a varios alumnos y tiene que ir al juzgado para demostrar que no los agredió. En cierto modo tenemos la sensación de indefensión ante la actuación de menores extremadamente protegidos.

Dar clase a 30 alumnos es una labor ardua y nada fácil, pues nuestra misión consiste, nada más y nada menos, en dar respuesta a cada necesidad concreta:


- El alumno que trabaja y quiere aprender, tiene todo el derecho a ello, así como alcanzar el nivel adecuado que le permita abordar estudios posteriores. El profesor debe buscar estrategias para que esto suceda.

- El alumno con dificultades de aprendizaje tiene derecho a una educación adaptada de los contenidos para alcanzar su desarrollo personal. En este caso, el profesor, coordinado con el responsable de apoyo, si lo hubiera, debe conocer el nivel y la capacidad de dicho alumno para intervenir en el aula.

- El alumno extranjero, aunque no domine el castellano, tiene derecho a aprender. Para ello, el profesor buscará contenidos y materiales que le permitan un aprendizaje “distinto” y paulatino a medida que domine la lengua.

- El alumno que no tiene interés, tiene derecho a aprender. El profesor debe inventar estrategias que capten su atención, le hagan motivarse e introducirlo en el proceso de aprendizaje.

- El alumno que no tiene interés y su comportamiento es irrespetuoso a los miembros de la comunidad, también tiene derecho a aprender. En este caso el profesor tiene doble trabajo: educarlo en valores para que aprenda a ser persona, e intentar enseñarle los contenidos del currículo.

En definitiva, el profesor tiene que ser un “todoterreno”, pues debe cumplir una programación marcada por la ley (para lo que está preparado) y debe dar respuesta a las diferentes actuaciones de la conducta humana (para lo que no está preparado).

De esta forma, dar clase se ha convertido en una profesión estresante. Cada hora lectiva supone un desgaste y esfuerzo enormes. En una clase cualquiera, por un lado, intentamos avanzar materia para cumplir la programación; por otro, tenemos que prestar atención a aquellos alumnos que no tienen capacidad para seguir la clase, e intentar que hagan otra actividad paralela. Al mismo tiempo, suele haber dos o tres repetidores que habitualmente no trabajan, molestando e interrumpiendo; tenemos que intervenir para poner orden y, si no lo conseguimos, hacer un parte para separarlo del grupo, tras señalar la terea que ha de realizar. Cuando vuelve el orden (pasados 10 ó 15 minutos), nos percatamos de que algún alumno no tiene cuaderno, le decimos que inicie sus actividades y responde: “Yo no hago nada porque en navidad cumplo 16 años y no voy a venir más”. Al acabar la clase, el agotamiento nos invade, la frustración se va apoderando de nosotros y lo peor aún, con esta motivación comenzamos la clase siguiente.

Ante este panorama, la comunidad educativa ha entrado en un círculo vicioso: la mayoría de alumnos carece de una escala de valores que dificulta la convivencia en clase. El interés por aprender es escaso en unos adolescentes cuyas prioridades están basadas en la diversión, el consumismo y las nuevas tecnologías asociadas a ellos. Por otro lado, el profesor tiene la tarea de educar en valores para poder convivir pacíficamente; y además, desarrollar un currículo establecido por la ley. La mayoría de las veces, la carga es tan grande, que el agotamiento nos hace flaquear y relajarnos para poder sobrevivir; con lo que entramos a formar parte de ese “caos” en que se ha convertido la escuela. Éste es el momento exacto en que nos encontramos: una organización social que aparca a todos los adolescentes (en el mejor de los casos hasta los 16 años), para evitar que algunos creen conflicto social, una educación que no respeta al docente, ni al alumno que quiere aprender, ni al que no quiere.

Así, el ambiente en los centros, muchas veces, es estresante y deprimente:


- Los profesores no tenemos ilusión, cada jornada laboral nos agota física y mentalmente. Las salas de profesores guardan en silencio la desesperación y angustia que tantas veces hemos manifestado. Es triste y duro entrar en una clase y que no te dejen ejercer tu profesión. Es inaudito que un alumno vaya a clase habitualmente sin material de trabajo. Es inconcebible que un alumno se te encare por mandarlo callar. Es penoso que un buen alumno se perjudique en su formación por culpa de otros. Es lamentable que un alumno con problemas de aprendizaje requiera tu atención y, muchas veces, no se la puedas prestar. Nuestra estabilidad emocional tiene un límite que sobrepasamos en demasiadas ocasiones. El coste es nuestra salud, que se resiente frecuentemente. Además, cada baja laboral genera más tensión en los centros, pues se cubre pasados quince días (y a veces más); por ello, la mayoría de ellas las sustituye el profesor de guardia, que ha de permanecer varias semanas con grupos de alumnos a los que no conoce. La situación en los centros se va degradando cada año, porque además de no existir actuaciones contundentes que vayan poniendo freno, cada día descubrimos nuevas conductas alarmantes como: El alumno que no atiende en clase porque en clases particulares le explican y ayudan a hacer la tarea (incluso se atreve a decir: “Maestro yo no lo hago así, porque el profesor particular me lo explica de otra manera”), el alumno que no trae cuaderno ni libros y se niega a trabajar (en momentos de desesperación hacemos un pacto con él: haz lo que quieras pero no molestes), el alumno que deja una pregunta sin contestar en un examen y argumenta “es que ese día no vine a clase”, el alumno que no trabaja en clase ni en casa y por la tarde va a clase de acompañamiento (que paga el ministerio), el alumno que entra en un programa de diversificación curricular por tener grandes lagunas (como consecuencia de no haber trabajado) , el alumnos de cuarto de E.S.O. que abandona alguna materia, dejando de trabajar en ella, porque sabe que aun así obtendrá título, el alumno que molesta continuamente y al llamarle la atención, contesta desafiante:”No me subas la voz maestro”, etc.

Los alumnos están perdidos en un mundo sin valores ni responsabilidad; por ello, no son conscientes de la importancia de la educación y muchos de ellos, ni estudian ni dejan estudiar. El adolescente que ha tenido la suerte de una educación adecuada y hace de la escuela su camino para el futuro, no siempre puede aprender; su educación va a depender del grupo de compañeros que le hayan asignado. A veces se quejan: “Maestro echa a esos alumnos que nos dejen trabajar”.

Por otro lado, la convivencia entre alumnos es problemática, la falta de respeto se da en el aula y fuera de ella. En el patio surgen muchos conflictos (que el profesor debe controlar en las guardias de recreo) que enrarecen el ambiente y generan mucho trabajo a tutores y jefatura de estudios; y lo más grave, la falta de actuaciones ejemplarizantes en esos casos, crea precedentes lamentables que empeoran la situación.

La solución no es fácil y pasa por la implicación de todos los estamentos:


- La administración debe dar salidas a esos alumnos que no quieren estudiar y no tienen aún dieciséis años, buscando talleres o módulos profesionales desde los catorce años (y en algunos casos, antes), que los formen y preparen para el futuro. La ratio debe reducirse, sobre todo en aquellos grupos que por sus características lo requieran. Si no es así, no será posible la integración. En cuanto a los problemas de disciplina, la ley debe simplificar los trámites, ayudando así a agilizar las sanciones .Además, conciliar la vida familiar y laboral (para favorecer la comunicación y el diálogo perdidos en las casas) y permitir que todos los padres puedan asistir a las tutorías de sus hijos, es tarea de la administración. Por otro lado, las leyes educativas no pueden estar cambiando continuamente, en función de los partidos políticos; ha de existir un consenso educativo al margen del gobierno de turno.

- Los profesores, y sobre todo los tutores, necesitan apoyo legal para hacer frente a situaciones que les desbordan (tutelas legales de alumnos, alumnos con problemas judiciales, padres que no colaboran, alteraciones de conductas de alumnos con problemas familiares, agresiones físicas o psíquicas entre alumnos, etc.). La tutoría debe ser reconocida como un cargo difícil y extremadamente laborioso, que debe tener las compensaciones que corresponden a otros cargos docentes.

- Los padres, y en definitiva la sociedad, deben retomar la educación de sus hijos, empleando el tiempo necesario y haciendo de ello la tarea más importante en el seno familiar. La colaboración con la escuela debe ocupar un lugar primordial, como única vía en la resolución de problemas.


- Los centros deben recobrar el control perdido, estableciendo unas normas mínimas de convivencia, tipificando faltas y actuando en el mismo momento en que se han producido. La administración debe respaldar este control, facilitando los trámites y ayudando a restablecer la autoridad del profesor.



En los últimos años ha saltado una alarma social: “En la escuela hay problemas”. Por un lado el fracaso escolar, que nos sitúa a la cola en la formación académica de nuestros adolescentes; y por otro, la violencia escolar (agravada en los últimos años). Como nada surge por generación espontánea, ésta es la consecuencia directa de una educación en la que hemos perdido el control. Si no actuamos de forma consensuada, con la responsabilidad de velar por una escuela que es de todos, la convertiremos en un lugar indigno, incapaz de formar a personas y culpable de un retroceso social imparable.

Sólo restaurando el orden y respeto perdidos, la escuela volverá a ocupar el importante lugar que le corresponde, en la formación de nuestros adolescentes y en el futuro de nuestra sociedad.

 



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Comentarios (2)

  • Nombre

    Por: Jahel Flores | 08/06/2010 17:11

    Gracias Carmen

    Me ha gustado mucho tu frase relacionada a los valores y el currículo. Gracias Carmen, me quedo, sin duda, con tu última frase: No debemos perder la esperanza.

  • Nombre

    Por: Carmen M. Hernández Afonso | 27/05/2010 13:53

    educación secundaria

    estimada Adelaida lo que relatas describe la situación en muchos de nuestros IES y la desmotivación,a veces la impotencia de algunos profesores también existe.
    Has comentado que hay que educar en valores y transmitir los elementos del curriculo.Creo que si transmitiendo el curriculo somos capaces de educar en valores y evitar esa dualidad lograremos mejores resultados.No cabe duda que hay que cambiar mucho en el sistema educativo,pero la ilusión,el inventar alternativas,el rodearnos de compañeros profesores dispuestos a cambiar desde lo que hay es imprescindible.
    También estamos en una época donde hay muchos chicos voluntarios en ONG,asociaciones juveniles, y que desde las dificultades que existen,trabajan y dan un aire fresco a la sociedad.También hay personas mayores que tras jubilarse dedican su tiempo a ayudar de forma desinteresada en causas que jamás habrían imaginado. No debemos perder la esperanza.

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