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Por: Carlos Aguilera Díaz | 22/04/2010
Educación, educadores y educandos 2
Estimados compañeros:
Tengo una preocupación que ha alcanzado ya el nivel crítico de reacción y siento que debo hacer algo o considerarme cómplice de tanto despropósito.
Mi preocupación se llama EDUCACIÓN. Según dicen, es de sabios acortar en lo posible el tramo que separa la preocupación de la ocupación. Así que, después de muchos años (lo cual dice poco en favor de mi sabiduría) he decidido pasar a la acción.
Aceptaría en mi descargo que el ser lego en la materia debería permitirme esperar sin remordimientos que los especialistas dieran el primer paso. Como eso no ocurre, aquí estoy yo; por supuesto que lo hago con la venia que requiere la mínima cortesía entre compañeros.
En primer lugar, me preocupa la confusión que se ha introducido a través de los medios de desinformación y manipulación de masas entorno al concepto educación. Se utiliza sin escrúpulo alguno y de forma descaradamente grosera para designar lo que la RAE denominaría según el caso información, ilustración, enseñanza, instrucción, entrenamiento, adiestramiento, formación, capacitación, etc. Cuando este concepto debería entenderse más próximo a urbanidad, corrección, cortesía, delicadeza, civismo.
Si alguien cree que estoy presentando un discurso semántico, conviene que sepa cuanto antes que soy biólogo de formación y que mi discurso se apoya en cuatro ramas de mi campo de estudio: la evolución, la sociobiología, la etología y la memética y que va dirigido a esclarecer el proceso de degradación que está sufriendo la juventud a manos de quienes interesadamente introducen confusión para actuar impunemente y eludir responsabilidades.
Primero definiré el concepto del que voy a hablar para reducir las ambigüedades de nuestra lengua, la confusión artificialmente creada y los mal entendidos involuntarios.
La educación como sustantivo, es el área de la cultura que interesa al comportamiento, en relación consigo mismo y con los miembros de su familia, grupo, especie y otras especies. Por tanto el acto de educar, es decir, el proceso de la educación es el comportamiento de los padres, familia, profesores, el grupo y la especie dirigido a optimizar el comportamiento del educando para consigo mismo, para con la familia, el grupo, la especie y otras especies. Los humanos asumimos en la actualidad la educación en relación con el planeta. ¡Por fin!. El fin que se pretende con la educación es establecer, mantener o mejorar el equilibrio y la armonía en las relaciones humanas, otras especies y con el planeta. Equilibrio y armonía que facilitan la cohesión social, el éxito vital de los individuos que la componen y la salud del planeta.
Dicho esto, seguramente toda la comunidad universitaria coincidiremos en que el proceso de educación debe comenzar cuanto antes, tras el nacimiento y prolongarse durante toda la vida del educando. ¿Hemos coincidido? ¿Sí? ¡Pues estamos equivocados! La sabiduría popular nos advierte de que la educación de los hijos debe empezar treinta años antes de que nazcan. No se trata de una perífrasis, este párrafo encierra la clave del fracaso educativo de nuestra sociedad.
La fisiología del cerebro nos ha demostrado que la conciencia representa solo el 2% de todo lo que ocurre en nuestro cerebro (los últimos estudios rebajan la cifra a unos 40 bits de cada 11 millones de bits procesados) y, ¡presten atención! Se hace consciente un segundo después de que haya sucedido. Añadamos ahora a nuestras consideraciones que la conciencia es selectiva, representa prioritariamente aquello que es perentorio en relación con la supervivencia, trascendente para la reproducción, el estatus social, o útil para nuestros objetivos. Pero sobre todo, la conciencia es, en general, muy complaciente, selecciona aquellos eventos mentales (la mente es el efecto de la actividad cerebral) que nos dejan en buen lugar, nos hacen buenos, aceptables en el entorno social, integrados en el grupo. Saquen, queridos compañeros, sus propias conclusiones de esta información. Los medios de desinformación y manipulación de masas, los gestores del poder, las fuerzas del consumismo, las sectas religiosas, los grupos ideológicos, ya lo han hecho y lo explotan hasta la saciedad.
De este conocimiento se deriva que el fondo se cambia a través de la forma y no al revés (eso ya lo sabían los budistas mucho antes que nosotros). Todos saben ya que el molde más eficaz para determinar las formas y por ende el fondo de las personas es la presión social. Las consecuencias son que este conocimiento ha elevado a los medios de desinformación y manipulación de masas hasta la cúspide del poder de modelación del comportamiento del individuo, haciendo gala y ostentación ante el poder político a modo de desafío unas veces y como contrapartida en la mesa de negociación otras. Los resultados son catastróficos, ya nadie necesita dar razones ni explicaciones, no se valora la razón, el conocimiento ni los principios y valores humanos, más al contrario, se desprecian, pues suponen un obstáculo para la mano que sostiene las riendas. Se prefiere tontos útiles mejor que sabios críticos. El conocimiento, la capacidad crítica y autocrítica, la capacidad de razonamiento y entendimiento, el sentido de justicia, la dignidad, el honor, etc., han sido condenados a desaparecer. Tanta vorágine destruyendo el acervo cultural humano es lo que me ha llevado a actuar en el ámbito en el que aún se me permite. En qué dirección, en la dirección de ayudar a las víctimas, nuestra juventud. Podría hacer otra cosa y aprovecharme de la situación y el conocimiento que poseo como hacen muchos, o pasar del problema, a fin de cuentas todo está patas arriba. Argumentos no me faltarían, el cerebro humano es incomparable en su capacidad de autoengaño. Pero hace tiempo que se sabe que las personas distamos mucho de ser animales racionales; generalmente no hacemos lo que nos conviene, nos complicamos la vida y hacemos en muchas ocasiones lo que menos nos interesa. En realidad hacemos lo que podemos bajo el imperativo genético, el imperativo legal, la presión social y la ayuda del asidero cultural.
En los años cuarenta, cuando las personas se morían de hambre por los caminos buscando alguna hierba que comer, mi abuelo, D. Gregorio Aguilera Ruiz sentaba en su mesa, con su esposa e hijos a todos y cada uno de los mendigos que se acercaban a su cortijo. Quede claro, que no era la mesa donde habitualmente comían los trabajadores del campo que disponían de un edificio aparte con cocina y horno de pan. ¿Alguien cree que mi abuelo podía hacer otra cosa? No, no había otra opción dentro de sus márgenes de libertad, Sus genes y su educación no permitían otra respuesta. Tampoco era mi abuelo un caso tan excepcional, era como otros, cuya palabra era ley, y su honor más importante que su vida, un producto del ambiente sociocultural de su época. De la misma forma tu, yo y nuestra juventud somos un producto del ambiente sociocultural de nuestra época (exceptuando ese 50% de efecto genético que nos protege de la aberración total).
Son muchas las fuerzas que construyen ese ambiente sociocultural de modo que nos sentimos aturdidos e incapaces de hacer algo útil, no sabemos por donde empezar. En nuestra desesperación, los profesores de universidad culpamos a los de bachillerato, estos culpan a los profesores de la ESO que a su vez culpan a los de enseñanza primaria que por último culpan a los padres. Los padres culpan a los legisladores y estos culpan a quien les conviene según las circunstancias y el momento. Esto genera como resultado que todos nos sentimos señalados y acusados por el dedo inquisidor, lo cual nos debilita y acobarda, al tiempo que refuerza y proporciona apoyos a los gestores del poder que hacen y deshacen a su antojo en la dirección que su ideología y vasallajes les imponen. ¿Cuántas veces se han cambiado los planes de estudios desde los años 70? Cualquiera puede ver que al ritmo del baile de una veleta no se construye nada con fundamento.
Nuestra juventud es muy diferente de la que había hace 40 años en España. Para no extenderme, os propongo como tarea que elaboréis una lista de esas diferencias. Muchos vamos a encontrar diferencias en esos valores, capacidades y principios que hacen a las personas diligentes, decididas, voluntariosas, trabajadoras, perseverantes, tenaces, constantes, abnegadas, disciplinadas, responsables, cumplidoras, sensatas, consecuentes, juiciosas, correctas, atentas, honestas, respetuosas, sinceras, disciplinadas, colaboradoras, leales, fieles, etc. Muchas de estas características son imprescindibles para hacer algo de provecho en la vida y se echan de menos. Otras como la desvergüenza, cara dura, egoísmo, parasitismo, pasotismo, extravagancia, hedonismo, autocomplacencia, culto al cuerpo, culto a la belleza, consumismo, gregarismo, vulgarismo, esnobismo, egocentrismo, despotismo, fetichismo, alcoholismo, etc, se encuentran en exceso y son un verdadero lastre para formar personas de provecho.
Como la mayor parte de los profesores universitarios hemos vivido y trabajado en el extranjero durante uno, dos o más años, hemos tenido la oportunidad de comparar y ver las diferencias. Dejemos como tarea para los que quieran sacar nota el elaborar una lista de esas diferencias. Los que, a pesar de todos los quehaceres habituales, se entreguen a dicha tarea verán la diferencia, el problema y por ende la raíz del problema.
Una vez alcanzados estos niveles de conocimiento, que por otra parte no son nada nuevo para profesores de universidad, solo queda actuar. Eso si que es imprescindible para dejar de ser cómplices por omisión, este trabajo no debería ser voluntario sino obligatorio. ¡Menos encuestas y tonterías y más implicación y trabajo frente al problema común!
Dignifiquemos el foro con nuestro conocimiento y aportaciones en el campo que nos es común a todos: la educación y, porqué no, también la información, enseñanza, instrucción, etc. Aprenderemos más los unos de los otros que de esos cursillos a los que ya nos hemos hartado de asistir. Aprovecho ahora la oportunidad para agradecer a todos los que habéis vertido vuestro conocimiento y experiencias en redEEES o en cualquier otro lugar, pues siempre hay quien os lee y aprende de vosotros, ¡Al menos yo!.
Veo en mi pantalla que ya estoy en la tercera página y me debato entre la ansiedad de quien está abusando de vuestra paciencia y el cúmulo de información que quisiera poner en común. Sin preámbulos pondré a vuestra disposición unos cuantos retales de información, todos fruto de investigación suficientemente contrastada aunque a alguno le resulte chocante como me ocurrió a mí.
La influencia de los padres en el posterior comportamiento de los hijos adultos es nula. Entre los cientos de trabajos de investigación que estudian la influencia que la educación trasmitida por los padres tiene en el posterior comportamiento de los hijos, solo uno obtuvo un efecto estadísticamente significativo, pero solo del 10%.
Si consideramos que el 10% es un valor que está en el límite de lo que generalmente oculta el ruido, podríamos admitir que algo de influencia hay, aunque no sea estadísticamente significativa para las muestras elegidas; pero nunca por encima del 10%. Entonces, si se atribuye el 45% a los genes y el 10% a la educación (hoy adquiere cada vez más consistencia la proporción 50% a los genes y 5% a los padres) ¿a qué se puede atribuir el 45% restante?
Tras varios años de estudio, no he tenido más remedio que admitir que la extensión, rigor y consistencia del trabajo de S. Pinker en su obra “La tabla rasa” no se puede rebatir. Ese 45% restante viene impuesto por el ambiente sociocultural que a partir de la adolescencia, desplaza de forma inmisericorde las esperanzas del mejor educador. Por si fuera poco, lo estoy viendo con mis propios ojos en mis hijos y mis alumnos ¡Cuánta homogeneidad!
Durante un tiempo me aferré al proceso de adquisición de las improntas durante el desarrollo del niño y la indiscutible influencia de la madre y el padre en caracteres indelebles como la seguridad original, la curiosidad, la identidad sexual, y en parte, la identidad de grupo social, para justificar un deseado incremento del papel de los padres en el proceso educativo. Sin embargo, estas variables no se incluyen en los trabajos mencionados, pues se realizaron con personas normales cuyas improntas básicas eran normales y, por tanto, la influencia de los padres fue la normal. Así que si extendiéramos el estudio a casos extremos aún lo empeoraríamos más, en el sentido de que la influencia de los padres puede ser negativa cuando falla la normal adquisición de dichas improntas.
Para aquellos que creen en el relativismo cultural y que deben estar enfadados por el uso que hago del término normal les aclararé que entiendo por normal lo que se ajusta a una norma y que esa norma es depurada y seleccionada para ser adecuada a la consecución del éxito vital. Entiendo como éxito vital de un individuo, la medida de su supervivencia, reproducción y viabilidad de su descendencia. Los humanos podemos además, incluir un matiz de calidad.
Alcanzado este punto, está claro que si queremos mejorar nuestra juventud debemos mejorar el ambiente sociocultural que los envuelve, otras actuaciones serían una pérdida de tiempo. Con esto no quiero decir que los padres puedan desentenderse de sus hijos, mientras se pueda debemos imponer unas normas, restricciones y rutinas que redunden en su provecho y en beneficio de la armonía de la casa, del aula, etc. Pero quién dijo que los padres estén por encima de las directrices sociales y sean poseedores de una educación, cultura y valores adecuados. El caso de las improntas fallidas lo dejaremos en el campo de la patología, para otros o para otro momento.
A medida que vayan creciendo veremos como todo se viene abajo y ”cuidadito con levantarles la voz o la mano que te denuncian”. A partir de un determinado momento asumen el control y el poder. Unos, los mejores, para estudiar una carrera de duración imprevisible, cuanto más lejos mejor y disfrutar con nuestro dinero de sus viajes, fiestas, borracheras y orgías. Otros no necesitan excusas académicas para pasar directamente a las fiestas, borracheras y orgías en una actitud parasitaria que puede durar hasta los 30 años de edad o más. Parece que al sistema le interesa que sea así, las leyes apoyan y los medios incitan a ese comportamiento parasitario, consumista, lúdico, despreocupado, irresponsable. El paro no parece ser una preocupación, "papá proveerá". La vivienda no hace falta, ya echarán a los padres a una residencia cuando se jubilen, mientras tanto viven a cuerpo de rey “y no te pongas tonto que te pego cuatro ostias y encima te denuncio por agresiones”. La generación NI-NI (ni oficio, ni beneficio), parece no tener otra función que la de dilapidar los ahorros de la jubilación de sus padres mientras puedan. Como consuelo, el sistema ofrece condones, la píldora del día después, aborto gratis. Al no haber consuelo posible para el fracaso vital, la drogodependencia, el alcoholismo, las enfermedades de trasmisión sexual incurables, por no mencionar las mortales, se ignoran los poblemas que ocasionan esta forma de vida, se ocultan y quien los tiene los sufre en silencio para no sentirse rechazado. Mucha gente lamenta que la ley permita a las niñas ocultar sus embarazos y abortos, otros lamentan que se oculten enfermedades que podrían trasmitirse al resto de la familia y que de hecho ocurre con demasiada frecuencia.
A pesar de todo, siempre hay unos pocos jóvenes que, contra viento y marea, superando la presión social y mediática, los malos consejos de los compañeros, el alboroto de las aulas, la depresión de sus profesores y las burlas de los demás, salen adelante en la vida triunfando en sus estudios, enriqueciendo el ambiente afectivo familiar y convirtiéndose en personas de provecho. Pero para eso, hace falta un soporte genético a prueba de bombas y la ayuda de su familia. En estos casos es donde los padres (con su 10% de influencia o menos) se convierten en el factor decisivo.
Sin embargo, nos queda un 45% de fuerza social degradante sobre la que debemos actuar sin más dilación.
En mi próxima entrega abordaré los posibles frentes que se podrían abrir.



